Una vez más como todas las noches, la chica bajó de su apartamento, se puso la capucha y fue al parque.
La calle estaba húmeda, había llovido durante toda la tarde. Era la noche perfecta para ir a pasear al parque.
Hoy había tenido un mal día y deseaba salir de allí con todas sus fuerzas, quizás no era el día perfecto para que alguien le hablara... por eso iba con la cabeza baja.
- ¡Eh, pequeña estrella plateada!
Ella se paró en seco, hacía años que nadie le llamaba así.
- Sabía que eras tú - decía una voz que se acercaba poco a poco a ella.
Levantó la mirada y se giró:
- ¿Qué haces aquí? No deberías estar aquí... Ni volver a llamarme así.
- Siempre fuiste mi pequeña estrella plateada... - le acarició la mejilla suavemente.
Él era un chico con el que había salido en el pasado.
- ¡No me toques! - le gritó en medio de la calle mientras quitaba su mano de la cara y, a su vez, volvió la mirada hacia la calle. - Largate, no se te ha perdido nada aquí.
- No sé qué mosca te ha picado, no contestas a mis llamadas, no me escribes, nada. Y ahora me tratas así, ¿tan rápido me olvidaste?
- Tú y las consecuencias de estar contigo, me han hecho ser así.
Enna se volvió y se fue. Prosiguió su camino y él no la siguió.
"Paso de ti", pensó él, mientras la veía marchar.
Enna era una chica medianamente alta, tenía alrededor de 20 años y siempre estaba sola. Le gustaba salir a la noche para reflexionar de la vida que llevaba, muchas cosas le salían mal y se había cansado de seguir luchando.