Hoy estaba algo inquieta, necesitaba salir de aquel lugar. Así que a pesar de la calor, decidió bajar a salir a pasear. Lo bueno es que habría tan poca gente como de noche, lo malo es que no podría esconderse tras su capucha.
Una vez en la calle vacía, tal y como sospechaba, decidió pensar un lugar fresquito en el que sentarse o refugiarse.
Pasó por cafeterías, heladerías, centros comerciales... Se estaba tan fresquito en aquellos lugares que la gente se agrupaba ahí, así que decidió perderse por las calles de aquella ciudad. Los muros de las casas del casco antiguo daban un frescor curioso, refrescaba totalmente el ambiente. Tampoco era para tirar cohetes, pero se estaba mejor que a pleno sol.
Salió de aquellas calles y se encontró con un parque, buscó algún banco libre cerca de la fuente principal, no había nada libre, había ancianitos, niños y alguna que otra persona leyendo a la sombra de los árboles y con el frescor de la fuente.
¡Agua! No cayó en la cuenta. Se dirigió al río. Por mucho que diese el sol, su rincón favorito de la ciudad, sin duda alguna, era ese. Por la noche es realmente bello. Ves el Puente Dorado, que brilla con la luz que lo ilumina. Es bello, realmente bello.
Llegó al río, se sentó en los adoquines con los pies colgando. Miró el agua, estaba demasiado turbia y sucia, pero aún así podía reflejarse en ella. Levantó la mirada poco a poco. El atardecer se reflejaba en el agua. Era pura belleza. Todo ese sitio era bello. Y estaba tan tranquilo todo allí, había muy poca gente. Personas pescando, otras sentadas y charlando, normalmente parejas. Cerró los ojos un instante.
- Cuidado, no te vayas a caer con los pies ahí colgando.- Escuchó detrás suya e inmediatamente abrió los ojos y se fijó en el muchacho que le habló, el cual se sentó a su lado con las piernas cruzadas y un poco distante a la orilla.
- No lo creo.- Dijo apartando la mirada hacia el agua. Se riborizó un poco. Era un muchacho bastante guapo, moreno y con barba. Quizás no muy alto, juraría que mide alrededor de un metro setenta. Suficiente para ella.
Al verlo tan callado, decidió hacer un poco de valiente y hablar con él. Con lo poco sociable que era a la hora de conocer a alguien, aquello era todo un reto. Le miró, le vió con la mirada perdida en el río.
- ¿Por qué no pruebas a sentarte como yo? No es nada peligroso. Habrá escasamente un metro o un metro veinte hasta el agua.- Le propuso, mientras veía que él sonreía y dirigía la mirada hacia ella.
- Soy demasiado patoso, seguro que acabo cayéndome.- Le contestó él. Observó como ella arqueaba la ceja y le ponía una cara desafiante.- Está bien, lo haré.
Se sentó en el bordillo y colgó las piernas sobre el agua. Ella volvió su mirada al agua y sonriendo.
- Vaya, si sonríes y todo.
- Vaya, si se te ha pasado tu miedo al agua.
- Quizás necesite un salvavidas de los que he visto antes en un balcón. Había dos, si quieres uno...- Dijo riendo.
Ella se dejó caer hacia atrás, se tumbó con las piernas aún colgando. Al momento, vió como el chico repetía la acción.
- ¿Por qué me copias? - Le preguntó mientras veía como se reía después de la pregunta y, al momento, se le cambió la cara.
- ¿Cómo puedes estar ahí tumbada tan tranquila? Me clavo todos los adoquines.- Se quejaba mientras se sentaba como antes, observándola.
- Suelo venir mucho por aquí, quejica.- Empezó a reírse.
Era curioso. Él sólo era un extraño, pero se sentía cómoda a su lado, incluso reía. Sin miedo a que la juzguen. Estaba en completa paz. Cerró los ojos unos instantes. Al abrirlos se percató de que el muchacho le seguía observando y éste rápidamente desvió la mirada. Se incorporó y se quedó con la mirada fija al frente, al otro lado de la orilla. Donde se veía un cachorro intentando acercarse a unos patos de la otra orilla.
- Es curioso, el atardecer te dibuja el perfil de la cara. - Le dijo, recorriendo con su dedo índice la frente, la nariz, los labios y la barbilla, dibujando su perfil.
Ella le miró. Estaba totalmente ruborizada, sentía su corazón latir rápido y los nervios le invadían. La mirada de él le comía, le llenaba...
Una vez en la calle vacía, tal y como sospechaba, decidió pensar un lugar fresquito en el que sentarse o refugiarse.
Pasó por cafeterías, heladerías, centros comerciales... Se estaba tan fresquito en aquellos lugares que la gente se agrupaba ahí, así que decidió perderse por las calles de aquella ciudad. Los muros de las casas del casco antiguo daban un frescor curioso, refrescaba totalmente el ambiente. Tampoco era para tirar cohetes, pero se estaba mejor que a pleno sol.
Salió de aquellas calles y se encontró con un parque, buscó algún banco libre cerca de la fuente principal, no había nada libre, había ancianitos, niños y alguna que otra persona leyendo a la sombra de los árboles y con el frescor de la fuente.
¡Agua! No cayó en la cuenta. Se dirigió al río. Por mucho que diese el sol, su rincón favorito de la ciudad, sin duda alguna, era ese. Por la noche es realmente bello. Ves el Puente Dorado, que brilla con la luz que lo ilumina. Es bello, realmente bello.
Llegó al río, se sentó en los adoquines con los pies colgando. Miró el agua, estaba demasiado turbia y sucia, pero aún así podía reflejarse en ella. Levantó la mirada poco a poco. El atardecer se reflejaba en el agua. Era pura belleza. Todo ese sitio era bello. Y estaba tan tranquilo todo allí, había muy poca gente. Personas pescando, otras sentadas y charlando, normalmente parejas. Cerró los ojos un instante.
- Cuidado, no te vayas a caer con los pies ahí colgando.- Escuchó detrás suya e inmediatamente abrió los ojos y se fijó en el muchacho que le habló, el cual se sentó a su lado con las piernas cruzadas y un poco distante a la orilla.
- No lo creo.- Dijo apartando la mirada hacia el agua. Se riborizó un poco. Era un muchacho bastante guapo, moreno y con barba. Quizás no muy alto, juraría que mide alrededor de un metro setenta. Suficiente para ella.
Al verlo tan callado, decidió hacer un poco de valiente y hablar con él. Con lo poco sociable que era a la hora de conocer a alguien, aquello era todo un reto. Le miró, le vió con la mirada perdida en el río.
- ¿Por qué no pruebas a sentarte como yo? No es nada peligroso. Habrá escasamente un metro o un metro veinte hasta el agua.- Le propuso, mientras veía que él sonreía y dirigía la mirada hacia ella.
- Soy demasiado patoso, seguro que acabo cayéndome.- Le contestó él. Observó como ella arqueaba la ceja y le ponía una cara desafiante.- Está bien, lo haré.
Se sentó en el bordillo y colgó las piernas sobre el agua. Ella volvió su mirada al agua y sonriendo.
- Vaya, si sonríes y todo.
- Vaya, si se te ha pasado tu miedo al agua.
- Quizás necesite un salvavidas de los que he visto antes en un balcón. Había dos, si quieres uno...- Dijo riendo.
Ella se dejó caer hacia atrás, se tumbó con las piernas aún colgando. Al momento, vió como el chico repetía la acción.
- ¿Por qué me copias? - Le preguntó mientras veía como se reía después de la pregunta y, al momento, se le cambió la cara.
- ¿Cómo puedes estar ahí tumbada tan tranquila? Me clavo todos los adoquines.- Se quejaba mientras se sentaba como antes, observándola.
- Suelo venir mucho por aquí, quejica.- Empezó a reírse.
Era curioso. Él sólo era un extraño, pero se sentía cómoda a su lado, incluso reía. Sin miedo a que la juzguen. Estaba en completa paz. Cerró los ojos unos instantes. Al abrirlos se percató de que el muchacho le seguía observando y éste rápidamente desvió la mirada. Se incorporó y se quedó con la mirada fija al frente, al otro lado de la orilla. Donde se veía un cachorro intentando acercarse a unos patos de la otra orilla.
- Es curioso, el atardecer te dibuja el perfil de la cara. - Le dijo, recorriendo con su dedo índice la frente, la nariz, los labios y la barbilla, dibujando su perfil.
Ella le miró. Estaba totalmente ruborizada, sentía su corazón latir rápido y los nervios le invadían. La mirada de él le comía, le llenaba...